¿Qué está pasando con la productividad en los productos que consumimos? ¿Marketing, Ventas, Producción y Finanzas le están ganando a los Valores de sus organizaciones?
¿No te está pasando que compras un producto que solías consumir —una bebida, una bolsa de papas, una pizza, hamburguesa, ensalada… — y sientes que viene en una presentación más pequeña que antes? ¿Tamaño reducido? ¿O sabe más a leche que a café? Y sin embargo el precio, curiosamente, no bajó. De hecho, si haces la cuenta por unidad o por gramo, estás pagando más. ¿Qué está pasando?
En este blog hablaremos sobre una práctica cada vez más común en el mercado de consumo: la reducción del tamaño o cantidad de productos sin una disminución proporcional en su precio. Veremos qué implica esto desde la perspectiva de la productividad, qué buscan las empresas con estas decisiones y cómo impacta realmente al consumidor.
La fórmula clásica de la productividad (y por qué importa)
Productividad, en términos simples, es la relación entre lo que se produce y los recursos que se usan para producirlo. La fórmula básica es:
Productividad = Producción / Insumos
En una empresa, esto podría traducirse en cuántas unidades se fabrican por cada peso invertido, hora trabajada o insumo utilizado. Pero este concepto no solo aplica internamente. También se refleja en cómo los productos llegan al consumidor final.
Cuando un producto mantiene su precio, pero reduce su tamaño, lo que está ocurriendo es una alteración de la percepción de valor: la fórmula se invierte desde la perspectiva del cliente. Pagas lo mismo (o más), pero recibes menos.

El fenómeno: menos producto, mismo precio
Este fenómeno tiene nombre: shrinkflation o reduflación. Se trata de una estrategia que muchas empresas han adoptado para enfrentar el aumento en los costos de producción sin aumentar directamente los precios al consumidor.
En lugar de subir el precio visible, reducen el contenido de los productos: menos gramos, porciones más pequeñas, ingredientes más diluidos. Así, logran proteger su rentabilidad sin provocar un rechazo inmediato del mercado.
Un estudio de Kantar reveló que en América Latina, más del 60 % de las categorías de consumo masivo que crecieron en el último año lo hicieron con presentaciones más pequeñas que antes. Esto no es coincidencia: es una tendencia que responde tanto a la presión económica como al comportamiento del consumidor.
¿Dónde está la eficiencia y quién la paga?
Desde el punto de vista de las empresas, esta práctica es una decisión de eficiencia financiera: menos insumos (materia prima, empaque, logística) con precios iguales o superiores significa mejor margen operativo. Pero desde la mirada del consumidor, es una pérdida de valor silenciosa.
La lógica empresarial puede ser comprensible: en tiempos de inflación, volatilidad de precios y presión en costos, mantener el precio visible se convierte en una prioridad comercial. Sin embargo, esto plantea una pregunta ética y estratégica: ¿hasta qué punto puede una organización reducir el valor entregado antes de perder la confianza del cliente?
Porque al final, quien paga esa “eficiencia” es el consumidor. No de forma directa, sino a través de una experiencia de menor calidad, menor volumen o una percepción de engaño.
Una decisión pública, una respuesta privada
Hace algunos años, el gobierno mexicano impulsó una medida concreta en su estrategia contra el sobrepeso infantil en escuelas: solicitó que las presentaciones de productos fueran más pequeñas, para reducir el consumo de calorías en niñas y niños.
¿La respuesta de muchas marcas? Redujeron el tamaño y también el precio, pero solo en apariencia. Porque al hacer el cálculo por unidad de medida, el resultado era claro: el producto costaba más caro que antes.
Esas mismas empresas —aquellas en las que muchos sueñan trabajar, que aparecen como “los mejores lugares para laborar”— tomaron una decisión que, aunque técnicamente legal, deja abierta una pregunta de fondo:
¿Qué tan éticas están siendo estas prácticas?
La intención original era proteger la salud pública. La estrategia de las empresas fue proteger su margen. ¿Dónde queda entonces el compromiso con la sociedad, cuando el cumplimiento normativo se vuelve una oportunidad para maximizar beneficios, aunque el consumidor pague más por menos?
¿Qué implica esto para el liderazgo y la cultura organizacional?
Este tema no es solo económico, también es cultural. ¿Qué tipo de empresa queremos ser? ¿Una que optimiza márgenes a costa del cliente, o una que busca formas de innovar y reducir costos sin comprometer el valor entregado?
Aquí es donde la productividad toma otro matiz. No se trata solo de producir más con menos, sino de generar valor real con los recursos disponibles. Y eso exige creatividad, ética, transparencia y una cultura centrada en el largo plazo.
5 preguntas clave para líderes que buscan productividad sin perder sus valores organizacionales:
- ¿Qué decisiones recientes hemos tomado que afectaron directa o indirectamente la percepción del cliente?
- ¿Estamos midiendo la productividad solo desde los costos, o también desde la experiencia del usuario?
- ¿Qué tan transparente somos al comunicar cambios en presentaciones, porciones o características del producto?
- ¿Podemos innovar en procesos o tecnología en lugar de reducir el valor entregado?
- ¿Estamos preparados para sostener la confianza de nuestros clientes en un entorno económico desafiante, sin sacrificar nuestros valores organizacionales?

La productividad no es solo una fórmula financiera. También es una promesa de valor. Reducir el tamaño de un producto sin explicarlo o justificarlo claramente puede parecer una solución eficiente a corto plazo, pero puede erosionar lentamente la relación con el consumidor.
Pensar en productividad hoy exige una visión más amplia: una que combine eficiencia operativa con integridad estratégica. Porque al final, no se trata de producir más, ni de gastar menos: se trata de crear valor real a las personas, a los clientes.
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