El Mundial Más Lucrativo de la Historia y un Líder en Crisis: lo que el caso Infantino le dice a cualquier organización
El Mundial 2026 terminó. España levantó el trofeo en Nueva Jersey el 19 de julio, y la FIFA cerró el torneo más lucrativo de su historia — ingresos récord, audiencias sin precedente, 48 selecciones, 104 partidos en 39 días. Desde cualquier métrica financiera, la gestión fue un éxito.
Y sin embargo, Gianni Infantino llega al final del torneo como uno de los presidentes de la FIFA más cuestionados de los últimos años. La UEFA ya busca un candidato alternativo para las próximas elecciones. El Parlamento Europeo exige investigaciones. La ONG FairSquare presentó denuncias ante el Comité de Ética del COI. Dirigentes, analistas y aficionados de todo el mundo cuestionan su continuidad.
¿Cómo se explica esa paradoja? ¿Cómo puede alguien generar los mejores resultados de su gestión y al mismo tiempo erosionar la confianza hasta ese punto?
La respuesta no está en el fútbol. Está en algo que cualquier líder debería tener muy claro: los resultados y la legitimidad no son lo mismo. Y confundirlos tiene un costo que las métricas no siempre capturan a tiempo.

Cuando los resultados no son suficientes
Infantino llegó a la presidencia de la FIFA en 2016 prometiendo limpiar una institución golpeada por el FIFAgate — uno de los escándalos de corrupción más grandes en la historia del deporte. Diez años después, la institución es financieramente más poderosa que nunca. Pero varias de las polémicas que rodearon el Mundial 2026 revelan un patrón que va más allá de las decisiones puntuales.
Infantino entregó a Donald Trump el denominado FIFA Peace Prize — un reconocimiento que provocó críticas inmediatas de organizaciones civiles y dirigentes deportivos, quienes señalaron que ese gesto comprometía el principio de neutralidad política que históricamente ha definido a la FIFA. Semanas después, el propio Trump reveló públicamente que había hablado con Infantino para revisar una decisión disciplinaria durante el torneo, lo que generó acusaciones de intervención política directa en asuntos que deberían ser exclusivamente técnicos y deportivos.
A eso se suma que la FIFA estableció una oficina en la Torre Trump de Nueva York como parte de sus operaciones para el torneo, y que la ampliación del formato a 48 selecciones y 104 partidos — presentada como una medida de democratización del fútbol — fue cuestionada por especialistas y sindicatos de futbolistas, quienes consideran que respondió principalmente al objetivo de maximizar los ingresos del organismo.
Un líder puede tener los mejores números de su gestión y al mismo tiempo estar destruyendo lo que hace que esos números importen.

El costo oculto de liderar sin integridad
En gestión organizacional, la integridad no se define por las intenciones declaradas sino por la coherencia entre lo que se dice, lo que se decide y lo que se hace cuando nadie está mirando — o cuando todo el mundo está mirando y el costo de actuar bien es más alto que el de ceder.
Lo que el caso Infantino ilustra con una claridad poco habitual es que la pérdida de confianza institucional no ocurre de golpe. Ocurre por acumulación. Cada decisión que privilegia el resultado financiero sobre la transparencia, cada gesto que difumina la línea entre lo institucional y lo político, cada vez que se usa la ambigüedad como escudo en lugar de asumir una posición clara — todo eso se acumula. Y cuando se acumula suficiente, el daño ya es estructural, independientemente de lo que marquen los indicadores.
Patrick Lencioni, en su modelo de las cinco disfunciones de los equipos, identifica la ausencia de confianza como la raíz de todos los demás problemas organizacionales. No la confianza en las capacidades técnicas del líder — sino la confianza en sus motivaciones. Cuando las personas dentro y fuera de una organización empiezan a preguntarse “¿para quién está tomando estas decisiones realmente?”, el liderazgo pierde algo que los resultados no pueden recuperar por sí solos.

La diferencia entre poder e influencia legítima
Hay una distinción que en el desarrollo de liderazgo se trabaja con frecuencia y que el caso Infantino pone sobre la mesa de forma muy concreta: la diferencia entre el poder que viene del cargo y la influencia que viene de la legitimidad.
El poder del cargo permite tomar decisiones, asignar recursos, definir reglas. Es jerárquico y, mientras el cargo se mantenga, se sostiene. La influencia legítima es distinta: viene de la coherencia percibida, de la confianza ganada, de que las personas dentro y fuera de la organización crean que quien lidera lo hace desde un lugar de principios y no solo de conveniencia.
Infantino mantiene el poder del cargo — tiene el respaldo suficiente para seguir al frente de la FIFA rumbo a 2027, según los análisis de Milenio y El Informador publicados esta semana. Pero la influencia legítima, esa que hace que las decisiones sean acatadas con convicción y no solo por obligación, es exactamente lo que está en disputa.
En cualquier organización, ese tipo de desgaste tiene consecuencias prácticas: equipos que cumplen, pero no se comprometen, colaboradores que obedecen pero no proponen, culturas que funcionan en la superficie pero no generan cohesión real. El liderazgo sin legitimidad produce resultados en el corto plazo y fragilidad estructural en el mediano.
Lo que cualquier líder puede extraer de esto
El Mundial 2026 no es solo un evento deportivo. Es un caso de estudio en tiempo real sobre algo que ocurre en organizaciones de todos los tamaños, todos los días: la tensión entre optimizar resultados y mantener la coherencia ética que sostiene la confianza.
No hace falta gestionar una institución global para enfrentar esa tensión. Ocurre cuando un líder prioriza los números del trimestre sobre una decisión justa con su equipo. Cuando se toman atajos que nadie ve pero que todos perciben. Cuando la narrativa oficial y la cultura real de la organización empiezan a divergir sin que nadie lo nombre en voz alta.
La integridad en el liderazgo no es un valor decorativo. Es la infraestructura invisible sobre la que se sostiene todo lo demás. Y como toda infraestructura, su deterioro no suele ser visible de inmediato — pero cuando se hace evidente, el costo de reconstruirla es mucho mayor que el de haberla cuidado desde el principio.
Los números del Mundial 2026 serán recordados. La pregunta es qué más quedará de esta gestión cuando el ruido se apague.
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